La Habana no se recorre: se escucha. La ciudad entra por el oído antes que por la vista. Un trombón lejano, una vecina cantando en su balcón, un motor viejo de Chevrolet que baja Malecón sin prisa. Escuchar bien es la mitad del viaje.
Día uno — La Habana Vieja
Empieza tarde. Café en La Bodeguita, pan con jamón, un mojito si te apetece antes del mediodía (aquí se acepta). Pasea por la Plaza de Armas y la calle Mercaderes sin plan. Entra en una librería de viejo. Sale con algo que no venías a buscar.
A la tarde, sube a la azotea del Hotel Ambos Mundos. Sesenta pesos y una vista de toda la ciudad blanca y baja. Toma agua, mira. Vuelve a bajar cuando la luz cambie de dorada a rosa.
En Cuba no se llega a los sitios. Se llega a la gente.
Día dos — Vedado y Malecón
Desayuna donde te quedes (si es en una casa particular, aprovecha: fruta local, tortilla, café). Camina por 23 hasta la Universidad. Detente en la heladería Coppelia — la fila vale la pena, es parte del ritual.
La tarde es para el Malecón. Siéntate en el muro, con el mar rompiendo detrás, un vaso de plástico con ron y limón, y los pescadores tirando la caña. A tu lado se sentará alguien. Vas a acabar hablando con esa persona una hora. Se llamará Reinier, o Yenlisbet, o Carlos. Te contará su vida en veinte minutos y te preguntará por la tuya.
Cena en Vedado
Reserva una paladar familiar — Café Laurent, o alguna que te recomiende tu hotel. Tres mesas, cocinera de la casa, vinilos de Compay Segundo de fondo. Ropa vieja, moros y cristianos, plátano frito. Sales tarde. Caminas por calles vacías, con las farolas amarillas. Piensas ya cuándo vas a volver.




