Oaxaca me enseñó a esperar. No a esperar mesa, ni turno en el banco. A esperar que la mañana termine antes de decidir el día. A esperar que el sol baje antes de salir a caminar. A esperar que el mole termine su tercer día de cocción antes de comérselo, en silencio, con las dos manos.
Amanecer con campanas
El barrio de Jalatlaco despierta con campanas — la iglesia del ángel de la guarda, a dos cuadras. A las siete ya hay señoras barriendo la calle, hombres regando las buganvilias, un carrito de tamales con vapor honesto en la esquina. Compras uno de mole y otro de rajas. Los comes de pie, mirando la calle. Chocolate de agua con canela, en un vaso alto.
Aquí el tiempo no se ahorra, se comparte.
Mercado a las once
El mercado de la 20 de Noviembre a media mañana es una película lenta. Las señoras te ofrecen memelas antes de que te sientes. Aceptas una con quesillo y frijol negro. Aceptas una segunda. Aceptas un aguardiente con jengibre para bajarla. La conversación con la vecina de mesa dura una hora y sale sin nombre.
Mezcal por la tarde
En La Mezcalería, sobre la Alcalá, tres copitas pequeñas — espadín joven, tobalá, un ensamble con humo de pino. Se bebe a besos. Se come naranja con sal de gusano. Se anota el nombre del palenque para volver al pueblo el próximo viaje. Ya sabes que vas a volver.
Cena que no quiere terminar
En Los Danzantes, patio abierto, cena mole negro y una copa de vino oaxaqueño que existe, sí. La sobremesa se extiende: hablas con la mesa de al lado, aparece un músico con guitarra, el mesero trae una tercera copa que nadie pidió. A la una de la mañana caminas de vuelta a Jalatlaco por calles vacías, iluminadas por farolas amarillas. El día se ha estirado como debía.




