Cuando en México se dice Riviera casi todos piensan en el Caribe: Cancún, Playa del Carmen, Tulum. Pero hay otra. La del Pacífico, en Nayarit, más silenciosa, con arena dorada, agua tibia hasta bien entrada la noche y pueblos que aún funcionan al ritmo del mar.
Sayulita, primera parada
Sayulita es el pueblo cabeza. Casitas de colores, banderines cruzando la calle, panaderías desde el amanecer, y una playa donde cualquiera aprende a surfear. Toma clase temprano — el maestro Chuy, si lo encuentras, es paciencia y humor pura. Desayuna después en El Sazón de Belén: pan de plátano, café de altura, mesas afuera.
El Pacífico mexicano tiene otro tempo. Más ancho, más lento, más hondo.
San Pancho, veinte minutos al norte
San Francisco (para todos, San Pancho) es la versión callada de Sayulita. Playa larga y limpia, un par de restaurantes con mesas en la arena, y un festival de circo social que muchos no conocen. La calle principal, tres cuadras. Suficiente.
Lo de Marcos, para el silencio
Media hora al norte, Lo de Marcos es un pueblo de pescadores con dos o tres hoteles pequeños y una bahía que se recorre entera al atardecer sin cruzarte con nadie. Aquí es donde se leen libros de verdad. Aquí es donde se duerme la siesta larga.
Volver a Sayulita a cenar
Cena en Mary's, pescado zarandeado y una michelada. Camina descalza por la playa hasta el hotel. Duerme con la ventana abierta. Repite mañana.




