Un cenote a las ocho de la mañana no se parece a nada. Es una hondonada de piedra caliza abierta al cielo, con raíces que caen desde arriba como cortinas antiguas, y una lámina de agua turquesa que refleja la luz vertical del sol. Nadie ha bajado aún. El silencio es tan denso que se oye el goteo de las estalactitas.
Bajas doce escalones. Doce escalones tallados en piedra, con musgo y humedad. Cada uno te lleva un grado más frío. Cuando llegas al agua, el cuerpo duda. Entras despacio. Al principio, escalofrío. Después, calma.
Los mayas los llamaban entradas al inframundo. No se necesita creer para entender por qué.
Silencio con eco
El cenote amplifica cualquier sonido. Un aleteo, una gota que cae, un pez pequeño que rompe la superficie. Es un silencio con textura. Nadas hasta el centro, donde la columna de luz cae directa. Te quedas quieta. Miras hacia arriba. La luz cambia cada minuto.
Sales del agua sin saber cuánto tiempo ha pasado. Podría haber sido una hora. Podrían haber sido veinte minutos. Da igual: el cenote te ha limpiado algo que no sabías que llevabas puesto.
Antes de las diez
El truco es sencillo: llegar antes de las diez. Después empiezan a bajar los primeros grupos, y aunque son respetuosos, ya no es lo mismo. El silencio se rompe. La luz se llena de siluetas. Por eso vale la pena madrugar. Por eso vale la pena, en general, llegar antes.




