Salimos de la ciudad un viernes a las tres. Autopista libre por Toluca, bruma en el Nevado, y a las cinco y media ya estábamos descargando el coche en la cabaña. Chimenea encendida antes de deshacer maletas. Vino en la mesa. Silencio del bosque.
Sábado en el agua
El lago a las siete es otro lago. Niebla baja, gaviotas, el ruido tenue de un motor pequeño saliendo. Nos apuntamos a un velero de tres horas con Rodrigo, un valletense que aprendió a navegar con su papá. Café en termo. Sin música. Se navega en silencio, se conversa cuando toca.
Valle enseña que una hora larga es mejor que una tarde cortada.
Comida en Avándaro
En Los Pericos, terraza al bosque, arrachera con guacamole y tortillas hechas a mano. Sobremesa larga con mezcalitos. Volvimos por el camino largo, deteniéndonos a ver los volantes de parapente cruzando el valle.
Domingo en la Peña
Caminata a la Peña — dos horas de bosque, subida honesta, y una vista del lago que compensa todas las ampollas. Bocadillo en la cima, sombra de un pino, y un silencio que la ciudad no puede ofrecer.
Volvimos el domingo a las siete. Cansados, olorosos a chimenea, con otro humor. Funciona siempre.




